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El ratón y el elefante –Gianni Rodari

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Una vez, un ratón cayó en una tina de la que no lograba salir. Por más que chillaba lastimosamente, nadie lo oía. El pobrecito pensaba ya que aquella tina sería su tumba, pero un elefante llegó a pasar por allí y consiguió sacarlo con su trompa. -Gracias, elefante. Me has salvado la vida. Sabré demostrarte mi gratitud. El elefante se echó a reír diciendo: -¿Y cómo lo harás? No eres más que un ratoncito. Un tiempo después, unos cazadores capturaron al elefante y lo amarraron con una cuerda para llevárselo a la mañana siguiente. Era de noche, el elefante yacía tristemente en el suelo y, por más que se esforzase, no lograba desprenderse de la cuerda. De repente apareció el ratoncito, y comenzó a roer la cuerda. Y roe que te roe, antes de que amaneciese, el elefante estaba libre. -¿Has visto, elefante? –dijo el ratón - .He cumplido con mi palabra. Hasta un ratoncito puede a veces hacer lo que no puede un elefante, por más fuerza que este tenga.

¿Hay hierbas en las palmeras? –Gianni Rodari

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Un día, un ladronzuelo se deslizó en un jardín y trepó a un cocotero para robar algunos cocos. Antes de que lograse arrancar uno, apareció el jardinero dando voces.  El ladrón bajó deprisa del árbol, pero no pudo escapar porque el jardinero lo agarró por el cogote: -¡Eh! ¿Qué estabas haciendo subido a la palmera? -Nada malo, amigo –respondió rápidamente el ladrón-. Estaba buscando un poco de hierba fresca para mi ternerito. -¿Hierba fresca? ¿Y desde cuándo la hierba crece en los cocoteros? -No crece hierba, es evidente –respondió el ladrón -, pero yo no lo sabía. Ahora lo sé, y por eso he bajado tan deprisa. El jardinero se quedó boquiabierto, sorprendido por la respuesta, y el ladrón aprovechó la ocasión para ponerse a salvo.

La creación del mundo – Gianni Rodari

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En el principio, la Tierra estaba desierta, cubierta de piedras, no había un árbol ni una brizna de hierba. El sol miraba a la Tierra y no le gustaba en absoluto. Por ello le dijo a su gallito de oro: -Gallito, vuela a la Tierra y haz algo para que se vuelva verde y dé algunos frutos. El gallo voló a la Tierra, hizo su nido en una gruta y puso dos huevos de oro. Rompió uno de los huevos enseguida y de él salieron seis ríos. Estos ríos dieron vigor al suelo y así crecieron hierbas y árboles, y en los árboles, manzanas, higos y otros frutos en abundancia. Los hombres de aquella época vivieron en la Tierra como en un paraíso. Todo lo que necesitaban crecía en los árboles, solo bastaba con extender la mano. Y el gallo de oro cantaba para que la gente supiese cuándo era la hora de levantarse, a qué hora había que comer y a qué hora había que irse a dormir. Pero muy pronto los hombres comenzaron a protestar: - ¿Por qué tenemos que seguir obedeciendo al gallo, por qué tenemos qu...

La guerra de los ratones y de los mosquitos –Gianni Rodari

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Hace mucho tiempo, los ratones iban armador con espada y los mosquitos, con lanza.  A causa de estas lanzas y de aquellas espadas, una vez se enemistaron y se declararon la guerra.  Combatieron durante años y años y al final ya no podían más, pero no sabían como hacer para acabar con la guerra.  Decidieron recurrir a algún juez que resolviese su litigio. Los mosquitos invitaron a los gatos y los ratones, a las palomas. Los ratones y los mosquitos se dirigieron al tribunal. Pero los ratones, al ver que iban a ser juzgados por los gatos, les dijeron a los mosquitos: -Después de todo, ¿qué motivo tenemos para iniciar un proceso judicial? Es mejor que nos pongamos de acuerdo lo más pronto posible, antes de que nos coman los gatos. -Y antes de que las palomas se nos echen encima –dijeron los mosquitos. Y así llegaron a un acuerdo de paz.

La mona y la tortuga –Gianni Rodari

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Una mona vivía en una isla lejana, en un bosquecillo de higueras cerca del mar. Se alimentaba de fruta y se lo pasaba muy bien. Sólo le faltaba un amigo y pronto lo encontró. Una mañana vio en el agua, no lejos de la playa, una gran tortuga que había llegado nadando desde la isla vecina. La mona arrancó enseguida un higo maduro y se lo arrojó a la tortuga, que se lo comió enseguida, y le pareció tan exquisito que no dejaba de darle las gracias. -Ni una palabra más –exclamó la mona-. Si te gustan los higos, puedo darte más. Desde aquel momento, la mona y la tortuga entablaron una amistad. La mona estaba contenta por haber encontrado a alguien con quien conversar; la tortuga, por haber encontrado a una anfitriona tan generosa y unos higos tan dulces. Por la misma época, el rey León se enfermó. Al borde de la muerte, ya nada podía salvarlo, salvo un corazón de mona que, como se sabe, cura cualquier enfermedad. El rey León prometió una abundante recompensa y un título de nobleza a ...

La sirenita –Gianni Rodari

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En una cabaña, a la orilla del mar, vivía una mujer muy pobre. Era vieja, muy vieja, y resultaba un verdadero milagro que su cabaña, aún más vieja que ella, se mantuviese en pie. Pero la pobre mujer vivía allí a gusto porque no tenía hijos y no habría sabido adónde ir. Para trabajar era demasiado vieja. No se moría de hambre porque recogía en la playa pececillos, pequeños cangrejos, almejas, todo aquello que las olas llevaban a la orilla. Cuando había tormenta, la vieja se quedaba todo el día encerrada en casa padeciendo hambre. Pero al menos estaba segura de que, acabada la tormenta, encontraría en la playa muchos peces y hasta algunos leños para encender fuego. Una noche estalló un terrible temporal. Llovía, silbaba el viento, el mar aullaba. En cuanto amaneció, la vieja salió de su cabaña. Consiguió a duras penas llegar a la playa, pues el viento soplaba cada vez más fuerte y enormes olas encrespaban el mar. Mientras recogía los pececitos, una ola gigantesca la alcanzó y...

Los tres peces: Gianni Rodari

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En una laguna vivían tres peces. Un día aparecieron en la orilla algunos pescadores y dijeron: -La laguna está llena de peces. Mañana tendremos buena pesca. Los tres peces lo habían escuchado todo. El primero de ellos pensó un poco y concluyó: -No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy. El mismo día nadó cerca de la orilla, descubrió un pasadizo y se escurrió por un arroyo. El segundo pez no tenía ganas de romperse la cabeza por las palabras de los pescadores y se dijo: -Es mejor consultarlo con la almohada. Durmió y, a la mañana siguiente, se puso a buscar un pasadizo para huir, pero no lo encontró porque los pescadores lo habían bloqueado. -Las cosas se están poniendo muy mal –dijo el pez-. Pero mientras hay vida hay esperanza, lo importante es no perder la cabeza. Nadó por la superficie, se puso panza arriba y fingió estar muerto. Los pescadores lo vieron y lo arrastraron hasta la orilla, para que sirviese de pasto a los pájaros.  Después lan...