Entradas

Mostrando entradas de 2020

El rey Midas –Juan Kruz Igerabide

Imagen
Dionisos se presentó de improviso, con todo su séquito de juerguistas, en el reino de Midas. El rey Midas organizó de inmediato unas fiestas fastuosas y tiró la casa por la ventana para agasajar a Dionisos, pero gastó demasiado oro y estaba apurado. Con los días se fue obsesionando por el oro. Sin embargo, no por eso dejó de agasajar a Dionisos. El dios, cuando llegó la hora de marcharse a otra parte a correr juergas con sus seguidores, habló a Midas: -Amigo Midas: has sido anfitrión sin par. Pídeme lo que quieras y te lo concederé. -Me gustaría que todo lo que tocara se convirtiese en oro. -Concedido. Sea como tú pides. Dionisos abandonó el reino bailando y cantando. Cuando Midas se quedó solo, comenzó a palparlo todo, loco de alegría. Tocó una ramita y esta se convirtió en oro. Agarró un pedrusco y se convirtió en oro. Rozó una fruta y se convirtió en oro. Abrió una puerta y se convirtió en oro. Se lavó las manos y el agua era de oro. Le trajeron los criad

Edipo –Juan Kruz Igerabide

Imagen
El rey de Tebas no tenía hijos. Consultó el oráculo, y este le aconsejó: -Para ti, la buena suerte es no tener hijos. Si un día tienes un hijo, sucesos terribles ocurrirán a tu familia. El rey regresó a Tebas aterrado y expulsó a su mujer de la ciudad sin darle explicaciones. La mujer regresó de noche, y se acostó en la cama del rey, mientras este dormía. El rey la volvió a expulsar. Pero a los nueve meses, ella regresó con un niño en brazos. El rey tomó al bebé y lo abandonó en una lejana montaña. Un pastor recogió al niño y le llamó Edipo. Cuando el niño creció, un amigo le comentó: -Oye; tú no te pareces nada a tus padres. Edipo, entonces, acudió al oráculo, y este le exclamó: -¡Apártate de mi altar, malhadado! Por tu culpa, ocurrirán cosas terribles a tu familia. Edipo amaba a sus padres pastores. Aterrado por el oráculo, huyó de casa, y se alejó de los creía que eran sus padres. En un cruce de caminos, vio venir un carro conducido por un hombre importante

Ladrón en el huerto – Gianni Rodari

Imagen
Una vez, un ladrón se metió en un huerto donde crecían repollos, nabos, zanahorias y muchas hortalizas más. El ladrón iba arrancando todo lo que encontraba a su paso y guardaba parte de lo robado en un saco, parte dentro de su camisa.  Cuando menos se lo esperaba, apareció el jardinero, que lo cogió por el cuello y le gritó: - ¿Qué estás buscando aquí? ¿Y cómo has entrado? - ¿Qué cómo he entrado? –preguntó el ladrón asustado-. Sólo te puedo decir que de repente me encontré aquí. A mediodía se levantó un viento horrible y me trajo volando. - ¿Y quién ha arrancado todas esas hortalizas? -Yo, yo las he arrancado, pero ha sido contra mi voluntad, créeme. El viento me llevaba de un lado para otro; yo intentaba sujetarme a algo, pero me resultó imposible. -Vale, pero ¿quién te ha metido las hortalizas en el saco y dentro de tu camisa? -Es lo que me preguntaba antes de que llegases –respondió el ladrón -. Pero por más que pensaba y pensaba, me he roto la cabeza pensando, n

Por qué el cóndor tiene la cabeza calva –Gianni Rodari

Imagen
Al principio, las aves no tenían plumas como hoy. Revoloteaban por el mundo desnudos y eso les daba mucha vergüenza. Además de la vergüenza, en el invierno pasaban mucho frio. Cuando ya no pudieron más, se reunieron en consejo y decidieron suplicarles a los dioses que les concediesen unos vestidos. Los dioses escucharon las súplicas y respondieron: -Hace tiempo que los vestidos están listos para vosotras. Se encuentran amontonados en la cima de una montaña y sólo falta que una vaya a recogerlos por su cuenta. Las aves se miraron unas a otras en silencio, porque nadie se atrevía a emprender un viaje tan largo. El único que no tenía miedo era el cóndor. -Iré yo –exclamó altanero y, sin esperar más, se puso en marcha. Viajó mucho tiempo. Consumió todas las provisiones que llevaba consigo y, por ello, tuvo que alimentarse con lo que encontraba. Más de una vez se vio obligado a alimentarse de carne en mal estado, de carroña. Desde aquella época, no ha perdido ese hábito.  

Teseo –Juan Kruz Igerabide

Imagen
El rey Egeo de Atenas no podía tener hijos y acudió a la bruja Medea. Esta le dijo: -Yo haré que tengas un hijo. Pero, en compensación, tienes que concederme un favor: si un día mis enemigos me persiguen, debes protegerme. Egeo juró hacerlo. Al cabo de un tiempo, Egeo tuvo un hijo: Teseo, fuerte y valiente desde niño. Con dieciséis años, el muchacho visitó el templo de Apolo y ofreció al dios un pelo de su cabellera, que nunca había cortado. Tenía una fuerza descomunal y levantó una enorme piedra del templo, bajo la cual se escondían unas sandalias y una espada mágica. Teseo era primo de Heracles, otro héroe forzudo, y junto con ese deseaba limpiar el mundo de maleantes y ladrones. Llegó a aquellas tierras un maleante gigantón que se divertía doblando pinos hasta el suelo. A los viajeros que pasaban a su lado, les pedía que le ayudaran a sujetar el pino. De pronto, él soltaba el árbol y la otra persona salía disparada por los aires. El maleante se tronchaba de risa. T

Dédalo e Ícaro –Juan Kruz Igerabide

Imagen
Dédalo fue arquitecto e inventor, instruido por la propia diosa Atenea. Tenía como discípulo a un sobrino muy listo, que inventó la sierra, imitando la espina dorsal de un pescado. A raíz del invento, el sobrino se hizo más famoso que el propio Dédalo, y este tuvo celos. Un día, Dédalo se llevó consigo a su sobrino a lo alto de un templo construido en honor de Atenea y le mostró el paisaje. -Mira que vistas. El sobrino se acercó al borde para ver mejor. Entonces, Dédalo le dio un empujón y el muchacho se precipitó al vacío. Dédalo bajó corriendo, metió el cuerpo en un saco y lo transportó a un lugar lejano. Cuando la gente le preguntaba que llevaba en el saco, él contestaba: -Voy a enterrar a una serpiente. Pero descubrieron lo que tramaba y tuvo que huir del país. Se llevó consigo a su hijo Ícaro. Así fue como llegó a Creta y entró al servicio del rey Minos y construyó el laberinto. Cuando Minos se enteró de que Dédalo había construido un disfraz de vaca para su

Minos –Juan Kruz Igerabide

Imagen
Minos, hijo de Europa, era rey de Creta. Un día, armó un altar y quiso ofrecer en sacrificio algo especial a Poseidón, el rey de los mares. -¡Poseidón! Me gustaría ofrecerte un toro blanco en sacrificio. Poseidón no se hizo esperar: al punto, emergió de las aguas un hermoso toro blanco. A Minos le pareció le pareció un toro tan hermoso que, en lugar de ofrecérselo en sacrificio a Poseidón, se lo quedó para sí. Poseidón se enfadó mucho. -Esto no quedará así. Y para vengarse, el dios de los mares hizo que la mujer de Minos se enamorara del toro blanco. La mujer, presa del amor, mandó llamar en secreto al famoso arquitecto e inventor Dédalo. -Dédalo: me he enamorado de un toro blanco. Dédalo se rascó la cabeza. -¿Y qué puedo hacer yo, señora? -Escúchame, Dédalo: quiero que me fabriques un cuerpo de vaca. -Pero me es imposible, señora mía. -Tienes que hacerlo. Dédalo pensó y pensó día y noche, y al fin inventó un cuerpo de vaca, una especie de disfraz

Perseo –Juan Kruz Igerabide

Imagen
Un rey de Argos quería conocer su futuro, y preguntó al Oráculo: -Oráculo: quiero saber qué porvenir me espera. El Oráculo le contestó: -Pues todo te irá bien, hasta que tu hija tenga un niño, que se llamará Perseo. Ese nieto te quitará el trono. El rey montó en cólera: -¡A mí no me va a pasar nada de eso! -Ya que te pones así –le contestó el Oráculo -, además de quitarte el reino, te matará sin querer. El rey, furioso, corrió a palacio, agarró a su hermosa hija y la encerró en una habitación de bronce, bajo siete llaves, vigilada día y noche. Pero antes de eso, Zeus había echado el ojo a la bella hija del rey y se había enamorado locamente de ella. Cuando se enteró de que su padre la había encerrado, Zeus se convirtió en lluvia de oro, se deslizó por debajo de la puerta de la habitación de bronce y llegó hasta la princesa. Esta se remojó las manos y se refrescó la cara y el cuerpo, porque hacía mucho calor allí dentro. Así fue como se quedó embarazada y dio

Sísifo –Juan Kruz Igerabide

Imagen
Vivía Sísifo plácidamente con su familia. Poseía muchos animales domésticos y tierras. Tenía, sin embargo, un malvado vecino, un astuto ladrón que gozaba de la mágica habilidad de transformar el color y la forma de los animales. Así, cuando se apoderaba del ganado de sus vecinos, nadie podía acusarle de robo. Sísifo se dio cuenta de que cada vez le quedaban menos vacas, ovejas y cabras; y por el contrario, los rebaños de su vecino crecían a un ritmo extraordinario. Cansado de tanto robo, marcó bajo las pezuñas de sus animales las letras RV, que significaban: <<Robado por mi vecino>>. Aquella misma noche, el vecino se apoderó de unas cuantas cabezas de ganado. A la mañana siguiente, las marcas de las letras conducían directamente a la granja del vecino. Sísifo lo acusó ante las autoridades, y el vecino fue duramente castigado. Con el tiempo, Sísifo adquirió grandes poderes. Fundó la ciudad de Corinto y la pobló con seres humanos nacidos de setas. El río Asop

El rapto de Europa –Juan Kruz Igerabide

Imagen
La bella Europa era hija de Poseidón, el dios de los mares. Le gustaba pasear por la costa en compañía de sus amigas. Tiraban piedrecillas al agua, admiraban los peces de colores, las cabras que pastaban en los acantilados, las vacas que descansaban en los cercanos prados, las aves que surcaban el cielo. Tenían mucha precaución de no encontrarse con monstruos marinos o terrestres; si notaban la más mínima señal, corrían a refugiarse en cuevas y oquedades protegidas por el poderoso Poseidón. Zeus, desde el Olimpo, se había fijado en aquel grupo de muchachas que correteaban por playas y ensenadas; sobre todo se había fijado en Europa, cuya belleza y cabellera de ébano hicieron palpitar de emoción el corazón del rey de los dioses del Olimpo. -¡Por mi poderoso rayo! ¡A fe mía que nunca en mi vida vi muchacha más hermosa! De un salto, Zeus bajó a tierra y se presentó con porte majestuoso ante el grupo de muchachas. Estas, que no lo conocían, echaron a correr despavoridas. -¡

Helios y Faetón -Juan Kruz Igerabide

Imagen
Helios, el sol, tenía un hijo llamado Faetón. El niño era un poco caprichoso y no hacía más que pedir a su padre que le dejara conducir el carro que ransportaba el sol. Helios, el padre, recorría el firmamento todos los días con su carro, de Este al Oeste, sin salirse de su camno, siempre al mismo ritmo. -Déjame el carro, papá. -Es peligroso, hijo. Cuando seas grande, te enseñaré a conducirlo, y te podrás montar en él. Faetón se enfadaba muchísimo: -¡Siempre igual! ¡Nunca me dejas el carro! -Es peligroso, hijo. -¡Y a mí qué! ¡Yo quiero el carro! Y así constantemente: quiero el carro, quiero el carro... Un día en que el sol asomó un poco débil, Faetón volvió a la carga: -Papá, déjame el carro. -No puedo, hijo. -Sí que puedes. Quiero el carro, quiero el carro... El niño no se callaba. La madre, harta, pidió a su marido: Mira, Helios: ya no aguanto más. Déjale el dichoso carro al niño y   tengamos la fiesta en paz. Además, hoy tienes mal aspecto. Es mejor

Prometeo y Pandora –Juan Kruz Igerabide

Imagen
Prometeo era hijo de titanes. No era fanfarrón como sus colosos hermanos, sino astuto, bien educado y justo. Amaba a los seres humanos, y no le parecía bien que los dioses hiciesen lo que les viniera en gana con ellos. Se hizo amigo de Atenea, y esta le enseñó arquitectura, astronomía, matemática, medicina y otras ciencias que Prometeo enseñó a su vez a los humanos, sin que los dioses se enteraran. En cierta ocasión, Zeus, en un acceso de ira, decidió destruir la raza humana. Prometeo lo convenció con astutas palabras para que no lo hiciera. Otra vez, se entabló una agria discusión entre los dioses; no se ponían de acuerdo en qué parte de los animales sacrificados por los humanos tenían que ofrecer a los dioses y qué parte quedarse para sí como alimento. Eligieron como juez a Prometeo, porque era conocido por su sentido de la justicia. Prometeo despellejó un toro sacrificado por los humanos, y con el pellejo confeccionó dos sacos. Llenó un saco con carne y el otro saco con

Orfeo y Eurídice –Juan Kruz Igerabide

Imagen
Orfeo era hijo de Apolo, el dios de la música. Ya desde niño, fue un gran poeta y músico. Apolo le regaló un arpa-lira, y las musas le dieron clases de música. Con la música de Orfeo, las fieras de la selva se calmaban y lo seguían. Y no sólo las fieras, sino que hasta las piedras y los árboles tras él. En su juventud, se enamoró de la dulce Eurídice y se casaron. Eurídice vivió feliz y encantada con su melodioso marido, hasta que, cierto día, paseando por el bosque, la sorprendió un gigante. -Ven conmigo, dulce ninfa -quiso raptarla el gigante. Eurídice echó a correr como una gacela asustada. El gigante la persiguió. En su ciega huída, Eurídice perdió las sandalias y pisó una víbora, que la picó en el talón. Eurídice cayó al suelo, gimiendo. El gigante, al verla malherida, se dio la vuelta cobardemente, y se marchó avergonzado. Eurídice se puso en pie a duras penas y se arrastró hasta el extremo del bosque. Ahí estaba su casa; las piernas le flaqueaban. De una ventana

Deméter y Core -Juan Kruz Igerabide

Imagen
Deméter era la diosa de los campos, y de ella dependían las cosechas. Tenía una hermosa hija, Core, que significa "doncella", a la que amaba con locura. Hades, el dios de los infiernos, se asomó en cierta ocasión a la superficie, como acostumbraba a hacer de cuando en cuando. Se encontró a la hermosa Core, y no se le ocurrió   otra cosa que raptarla y llevársela consigo a los infiernos. Deméter, viendo que su adorada hija no regresaba a su lado, se puso a llamarla a gritos y a buscarla por todas partes. -¿Alguien ha visto a Core? Nadie había visto a Core. Algunos habían oído gritos de socorro y habían visto un carro tirado por unos caballos negros. De repente, se había abierto la tierra, y el caro había desaparecido bajo ella. La negra figura que lo conducía llevaba a una muchacha en brazos, que lloraba y pataleaba para soltarse. Era suficiente para Deméter; no necesitaba más explicaciones. Bien sabía que Hades era el único que podía desaparecer bajo tierra con su