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El mercader y el ruiseñor: Gianni Rodari

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Un mercader tenía en su casa un ruiseñor encerrado en una jaula. El pájaro cantaba tan bien que quien lo oía una vez no lo olvidaba jamás. Una vez el mercader tuvo que emprender un largo viaje y el ruiseñor le dijo: -Sé que debes viajar justamente al país donde vive mi hermano. Salúdalo de mi parte y pregúntale si tiene algo que decirme. El mercader se lo prometió y se fue. Después de un largo viaje, llegó a la tierra en la que vivía el hermano de su ruiseñor. Entró en un espléndido jardín, en medio del cual crecía un manzano. Entre las ramas de este árbol había muchos ruiseñores que cantaban a cuál mejor; pero el que mejor cantaba, en realidad, era el que estaba en la rama más alta. -Este debe de ser el hermano de mi ruiseñor –pensó el mercader, y cumplió con el encargo que le habían hecho, El ruiseñor no respondió y, cuando el mercader le preguntó si quería mandarle a decir algo a su hermano, cerró los ojos y cayó como muerto a tierra. El mercader se asustó y reco...

El origen de la luna: Gianni Rodari

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En los tiempos antiguos, brillaban en el cielo dos soles. Cuando se ponía uno, salía el otro y en la Tierra siempre era de día. Los rayos ardientes atormentaban a los hombres y el calor quemaba todo asomo de vida.  Los campos eran áridos como la piedra y, si algo brotaba de la tierra quemada, los seres humanos debían proteger la cosecha cubriéndola con toldos. Pero esto no era todo. También el cielo en aquel entonces era diferente del de hoy. Era tan bajo que los hombres, cuando molían el trigo, lo golpeaban con sus varas. Ocurrió una vez que un hombre hizo cerveza con mijo. Acabado su trabajo, le quedó un poco de agua caliente en la olla. Cogió la olla con ambas manos, la levantó y la arrojó lejos de allí. Sin embargo, por no prestar atención, derramó el agua en la cara de uno de los soles. El agua hirviendo quemó al sol. El sol se enfermó, perdió su esplendor y se convirtió en la luna. Desde aquella época tenemos día y noche. Además, ahora el cielo está más al...

El ratón y el elefante –Gianni Rodari

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Una vez, un ratón cayó en una tina de la que no lograba salir. Por más que chillaba lastimosamente, nadie lo oía. El pobrecito pensaba ya que aquella tina sería su tumba, pero un elefante llegó a pasar por allí y consiguió sacarlo con su trompa. -Gracias, elefante. Me has salvado la vida. Sabré demostrarte mi gratitud. El elefante se echó a reír diciendo: -¿Y cómo lo harás? No eres más que un ratoncito. Un tiempo después, unos cazadores capturaron al elefante y lo amarraron con una cuerda para llevárselo a la mañana siguiente. Era de noche, el elefante yacía tristemente en el suelo y, por más que se esforzase, no lograba desprenderse de la cuerda. De repente apareció el ratoncito, y comenzó a roer la cuerda. Y roe que te roe, antes de que amaneciese, el elefante estaba libre. -¿Has visto, elefante? –dijo el ratón - .He cumplido con mi palabra. Hasta un ratoncito puede a veces hacer lo que no puede un elefante, por más fuerza que este tenga.

¿Hay hierbas en las palmeras? –Gianni Rodari

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Un día, un ladronzuelo se deslizó en un jardín y trepó a un cocotero para robar algunos cocos. Antes de que lograse arrancar uno, apareció el jardinero dando voces.  El ladrón bajó deprisa del árbol, pero no pudo escapar porque el jardinero lo agarró por el cogote: -¡Eh! ¿Qué estabas haciendo subido a la palmera? -Nada malo, amigo –respondió rápidamente el ladrón-. Estaba buscando un poco de hierba fresca para mi ternerito. -¿Hierba fresca? ¿Y desde cuándo la hierba crece en los cocoteros? -No crece hierba, es evidente –respondió el ladrón -, pero yo no lo sabía. Ahora lo sé, y por eso he bajado tan deprisa. El jardinero se quedó boquiabierto, sorprendido por la respuesta, y el ladrón aprovechó la ocasión para ponerse a salvo.

La creación del mundo – Gianni Rodari

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En el principio, la Tierra estaba desierta, cubierta de piedras, no había un árbol ni una brizna de hierba. El sol miraba a la Tierra y no le gustaba en absoluto. Por ello le dijo a su gallito de oro: -Gallito, vuela a la Tierra y haz algo para que se vuelva verde y dé algunos frutos. El gallo voló a la Tierra, hizo su nido en una gruta y puso dos huevos de oro. Rompió uno de los huevos enseguida y de él salieron seis ríos. Estos ríos dieron vigor al suelo y así crecieron hierbas y árboles, y en los árboles, manzanas, higos y otros frutos en abundancia. Los hombres de aquella época vivieron en la Tierra como en un paraíso. Todo lo que necesitaban crecía en los árboles, solo bastaba con extender la mano. Y el gallo de oro cantaba para que la gente supiese cuándo era la hora de levantarse, a qué hora había que comer y a qué hora había que irse a dormir. Pero muy pronto los hombres comenzaron a protestar: - ¿Por qué tenemos que seguir obedeciendo al gallo, por qué tenemos qu...

La guerra de los ratones y de los mosquitos –Gianni Rodari

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Hace mucho tiempo, los ratones iban armador con espada y los mosquitos, con lanza.  A causa de estas lanzas y de aquellas espadas, una vez se enemistaron y se declararon la guerra.  Combatieron durante años y años y al final ya no podían más, pero no sabían como hacer para acabar con la guerra.  Decidieron recurrir a algún juez que resolviese su litigio. Los mosquitos invitaron a los gatos y los ratones, a las palomas. Los ratones y los mosquitos se dirigieron al tribunal. Pero los ratones, al ver que iban a ser juzgados por los gatos, les dijeron a los mosquitos: -Después de todo, ¿qué motivo tenemos para iniciar un proceso judicial? Es mejor que nos pongamos de acuerdo lo más pronto posible, antes de que nos coman los gatos. -Y antes de que las palomas se nos echen encima –dijeron los mosquitos. Y así llegaron a un acuerdo de paz.

La mona y la tortuga –Gianni Rodari

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Una mona vivía en una isla lejana, en un bosquecillo de higueras cerca del mar. Se alimentaba de fruta y se lo pasaba muy bien. Sólo le faltaba un amigo y pronto lo encontró. Una mañana vio en el agua, no lejos de la playa, una gran tortuga que había llegado nadando desde la isla vecina. La mona arrancó enseguida un higo maduro y se lo arrojó a la tortuga, que se lo comió enseguida, y le pareció tan exquisito que no dejaba de darle las gracias. -Ni una palabra más –exclamó la mona-. Si te gustan los higos, puedo darte más. Desde aquel momento, la mona y la tortuga entablaron una amistad. La mona estaba contenta por haber encontrado a alguien con quien conversar; la tortuga, por haber encontrado a una anfitriona tan generosa y unos higos tan dulces. Por la misma época, el rey León se enfermó. Al borde de la muerte, ya nada podía salvarlo, salvo un corazón de mona que, como se sabe, cura cualquier enfermedad. El rey León prometió una abundante recompensa y un título de nobleza a ...