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El lobo, la zorra y la nutria –Gianni Rodari

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El lobo, la zorra y la nutria formaron una vez una cooperativa y se dedicaron a criar un cerdo Le llevaban todo lo que encontraban: patatas, nabos, manzanas y peras caídas de los árboles, y disfrutaban por anticipado del día en que matarían al cerdo para comérselo. -Ah, estoy realmente contento con mi cerdo- decía el lobo. -¿Tuyo? ¿Desde cuándo? –se enfadaba la zorra-. ¿Por qué dices siempre <<mi cerdo>>, cuando sabes muy bien que nos pertenece a todos? -Ya veremos, ya veremos a quien le pertenece- afirmaba la nutria. Cuando el cerdo estuvo ya bastante gordo, lo mataron. El lobo hizo lo posible para lanzarse sobre él, mientras la zorra se afilaba los dientes. Pero la nutria exclamó: -Un momento, un momento, mugrientos. ¿Queréis comerlo sin lavarlo siquiera? Mirad que sucias tiene las orejas. Vamos, el río está a unos pocos pasos de aquí. Vayamos a lavarlo y veréis que así estará mucho mejor. El lobo y la zorra admitieron que la nutria tenía razón. Arra...

El matrimonio Codorniz roba una vaca –Gianni Rodari

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Un día, la señora Codorniz le dijo a su esposo, el señor Codorniz: -Oye, ven, hay una vaquilla en el campo. Vamos a robarla. -Vale, vale –dijo el señor Codorniz. Salieron juntos y robaron la vaquilla. La mataron y la llevaron al bosque. -Rápido, rápido –le gritaba la señora Codorniz a su esposo, el señor Codorniz. -Vale, vale –jadeaba el señor Codorniz. Pero la vaquilla pesaba, pesaba mucho. Imaginaos a dos pobres codornices intentando levantarla. Aún hoy, si os detenéis a escucharlas, oiréis cómo hablan las codornices: -Rápido, rápido –dice la hembra. -Vale, vale –responde el macho.

El mercader y el ruiseñor: Gianni Rodari

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Un mercader tenía en su casa un ruiseñor encerrado en una jaula. El pájaro cantaba tan bien que quien lo oía una vez no lo olvidaba jamás. Una vez el mercader tuvo que emprender un largo viaje y el ruiseñor le dijo: -Sé que debes viajar justamente al país donde vive mi hermano. Salúdalo de mi parte y pregúntale si tiene algo que decirme. El mercader se lo prometió y se fue. Después de un largo viaje, llegó a la tierra en la que vivía el hermano de su ruiseñor. Entró en un espléndido jardín, en medio del cual crecía un manzano. Entre las ramas de este árbol había muchos ruiseñores que cantaban a cuál mejor; pero el que mejor cantaba, en realidad, era el que estaba en la rama más alta. -Este debe de ser el hermano de mi ruiseñor –pensó el mercader, y cumplió con el encargo que le habían hecho, El ruiseñor no respondió y, cuando el mercader le preguntó si quería mandarle a decir algo a su hermano, cerró los ojos y cayó como muerto a tierra. El mercader se asustó y reco...

El origen de la luna: Gianni Rodari

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En los tiempos antiguos, brillaban en el cielo dos soles. Cuando se ponía uno, salía el otro y en la Tierra siempre era de día. Los rayos ardientes atormentaban a los hombres y el calor quemaba todo asomo de vida.  Los campos eran áridos como la piedra y, si algo brotaba de la tierra quemada, los seres humanos debían proteger la cosecha cubriéndola con toldos. Pero esto no era todo. También el cielo en aquel entonces era diferente del de hoy. Era tan bajo que los hombres, cuando molían el trigo, lo golpeaban con sus varas. Ocurrió una vez que un hombre hizo cerveza con mijo. Acabado su trabajo, le quedó un poco de agua caliente en la olla. Cogió la olla con ambas manos, la levantó y la arrojó lejos de allí. Sin embargo, por no prestar atención, derramó el agua en la cara de uno de los soles. El agua hirviendo quemó al sol. El sol se enfermó, perdió su esplendor y se convirtió en la luna. Desde aquella época tenemos día y noche. Además, ahora el cielo está más al...

El ratón y el elefante –Gianni Rodari

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Una vez, un ratón cayó en una tina de la que no lograba salir. Por más que chillaba lastimosamente, nadie lo oía. El pobrecito pensaba ya que aquella tina sería su tumba, pero un elefante llegó a pasar por allí y consiguió sacarlo con su trompa. -Gracias, elefante. Me has salvado la vida. Sabré demostrarte mi gratitud. El elefante se echó a reír diciendo: -¿Y cómo lo harás? No eres más que un ratoncito. Un tiempo después, unos cazadores capturaron al elefante y lo amarraron con una cuerda para llevárselo a la mañana siguiente. Era de noche, el elefante yacía tristemente en el suelo y, por más que se esforzase, no lograba desprenderse de la cuerda. De repente apareció el ratoncito, y comenzó a roer la cuerda. Y roe que te roe, antes de que amaneciese, el elefante estaba libre. -¿Has visto, elefante? –dijo el ratón - .He cumplido con mi palabra. Hasta un ratoncito puede a veces hacer lo que no puede un elefante, por más fuerza que este tenga.

¿Hay hierbas en las palmeras? –Gianni Rodari

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Un día, un ladronzuelo se deslizó en un jardín y trepó a un cocotero para robar algunos cocos. Antes de que lograse arrancar uno, apareció el jardinero dando voces.  El ladrón bajó deprisa del árbol, pero no pudo escapar porque el jardinero lo agarró por el cogote: -¡Eh! ¿Qué estabas haciendo subido a la palmera? -Nada malo, amigo –respondió rápidamente el ladrón-. Estaba buscando un poco de hierba fresca para mi ternerito. -¿Hierba fresca? ¿Y desde cuándo la hierba crece en los cocoteros? -No crece hierba, es evidente –respondió el ladrón -, pero yo no lo sabía. Ahora lo sé, y por eso he bajado tan deprisa. El jardinero se quedó boquiabierto, sorprendido por la respuesta, y el ladrón aprovechó la ocasión para ponerse a salvo.

La creación del mundo – Gianni Rodari

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En el principio, la Tierra estaba desierta, cubierta de piedras, no había un árbol ni una brizna de hierba. El sol miraba a la Tierra y no le gustaba en absoluto. Por ello le dijo a su gallito de oro: -Gallito, vuela a la Tierra y haz algo para que se vuelva verde y dé algunos frutos. El gallo voló a la Tierra, hizo su nido en una gruta y puso dos huevos de oro. Rompió uno de los huevos enseguida y de él salieron seis ríos. Estos ríos dieron vigor al suelo y así crecieron hierbas y árboles, y en los árboles, manzanas, higos y otros frutos en abundancia. Los hombres de aquella época vivieron en la Tierra como en un paraíso. Todo lo que necesitaban crecía en los árboles, solo bastaba con extender la mano. Y el gallo de oro cantaba para que la gente supiese cuándo era la hora de levantarse, a qué hora había que comer y a qué hora había que irse a dormir. Pero muy pronto los hombres comenzaron a protestar: - ¿Por qué tenemos que seguir obedeciendo al gallo, por qué tenemos qu...