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Las tres cabras salvajes –Gabriella Goldsack

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Érase una vez, tres cabras salvajes que vivían en unas montañas lejanas. Una de ellas era muy pequeña, la otra era mediana y la tercera era grande y muy fuerte. Un día, cuando la más pequeña de las cabras salvajes buscaba un poco de hierba fresca y jugosa para comer, vio un prado lleno de hierba verde al otro lado del río. -¡Mmm! –exclamó-. Si pudiera cruzar este puente y comer un poco de esta hierba crecería tanto como mis hermanas. Pero las cabras sabían que debajo del puente vivía un horrible enano. Era un enano tan malvado que había hecho desaparecer a todas las cabras que se habían atrevido a cruza el puente. -No lo he visto nunca –se dijo la cabrita, a lo mejor se ha marchado. La hierba parece tan deliciosa. Me acercaré con mucho cuidado y seguro que no pasa nada. Así pues, la valiente cabrita salvaje cruzó el puente con mucho cuidado. ¡CLOC, CLOC, CLOC, CLOC, CLOC, CLOC, CLOC, CLOC, CLOC! Sus pezuñas retumbaban con claridad. Estaba ya a la mitad del puent...

La loba y el mapache – Alison Boyle

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El viento aullaba y gemía. La loba se cubría la cara con su gran cola peluda, protegiendo sus delicados ojos y su hocico del cruel invierno. Su espesa piel albergaba unas calientes y diminutas bolsas de aire que la protegían del frío como si fuese una colcha. Mientras la loba dormía, la espesa nieve caía de las sombrías nubes posándose en las ramas verdes que había encima de ella. Una pequeña criatura hecha un ovillo corría por las ramas de los árboles, rozando las pinchudas hojas. Pasó saltándolas y rozándolas, tropezando ligeramente con sus delicados pies. Era un mapache, con las orejas alerta, que quería divertirse. El mapache vio a la loba y se detuvo. Ladeó la cabeza pensando cómo podía gastarle una broma a aquella infeliz que dormía tan plácidamente. En un abrir y cerrar de ojos dio una voltereta, aterrizó en la rama nevada e hizo que un gran puñado de nieve se desplomara sobre la cabeza de la pobre loba. ¡Plaf! ¡Plof! ¡Eeeh! ¡Eeeh! La loba se levantó de pro...

La gallina Catalina – Gabriella Goldsack

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Era un día muy tranquilo en el campo. En la granja, la gallina Catalina estaba muy ocupada picoteando maíz. -Esto es muy aburrido –cloqueaba la gallina Catalina -. Nunca pasa nada interesante. En aquel preciso momento, ¡plaf!, le cayó una bellota en la cabeza. -¡Madre mia! –coqueó la gallina Catalina -. Están cayendo trozos de cielo. Tengo que contárselo enseguida al rey. Así pues se fue corriendo a contárselo al rey. Apenas había andado unos metros cuando tropezó con su buen amigo al gallo Pelayo. -¿Adónde vas con tanta prisa? –cacareó el gallo Pelayo. -¡El cielo se está cayendo! –exclamó la gallina Catalina-, y voy a contárselo al rey. -Bien, voy contigo –dijo el gallo Pelayo, trotando detrás de la gallina Catalina. No habían recorrido demasiado trecho cuando tropezaron con su amigo el pato Honorato. -¿Adónde vais tan deprisa? –graznó el pato Honorato. -¡El cielo se está cayendo! –exclamó la gallina Catalina -, y vamos a contárselo al rey. -Bien, voy con...

El príncipe rana- Los hermanos Grimm

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Érase una vez, hace muchísimo tiempo, una joven princesa que tenía un montón de juguetes para divertirse.  De entre todos, su preferido era una pelota de oro, que llevaba consigo a todas partes. Un día la princesa fue a dar un paseo por el bosque. Cuando se sintió cansada, se sentó junto a un estanque a descansar y empezó a jugar con la pelota de oro. La lanzaba al aire y después la atrapaba con las manos. Cada vez la tiraba más arriba hasta que una de las veces la lanzó tan alto que no pudo atraparla. ¡Paf! La pelota aterrizó en el agua. La princesa se asomó al estanque, pero era tan profundo que no podía ver el fondo. -¡Oh, no! – se lamentó la princesa-, He perdido mi pelota. Lo daría todo, incluso mis vestidos y mis joyas, por recuperar mi pelota de oro. Mientras se estaba lamentando oyó un ruido. ¡CROAC! ¡CROAC! Una rana asomó su fea cabezota fuera del agua y le dijo: -¿Qué te pasa, querida princesa? ¿Por qué lloras? -¡Aaaayy! –gritó asustada la princesa...

El pingüino Paul quiere volar- Gill Davies

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Los pingüinos son unos nadadores excelentes. Pueden sumergirse hasta grandes profundidades y deslizarse y dar volteretas en el agua. También pueden nadar tan rápidos como cualquier pez, pero ningún pingüino ha aprendido a volar. -¡No es justo!- dice el pingüino Paul, mientras observa las gaviotas revoloteando en el cielo radiante y azul por encima de su cabeza. -Yo también quiero volar como los otros pájaros. -Quiero volar- le dije Paul a su madre cuando se dirige a reunirse con sus amigos en la gran pendiente de hielo. -No seas bobalicón- le dice su madre-. ¡Esto es mucho más divertido! Y los dos se ponen boca abajo para deslizarse por el hielo hasta el mar. -Esto es muy divertido- acepta Paul cuando salen del agua-, pero yo quiero volar. -¿Has podido volar alguna vez?- le pregunta Paul a la vieja Ballena Sabia mientras navega junto a ella. -No del todo- dice la Ballena-. Pero de vez en cuando salto del agua y me parece estar volando. -Voy a intentarlo- dice ...

El pez relámpago- Nicola Baxter

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¡Sssssssh! ¿Qué es este ruido? Las aguas cálidas y azules del océano Índico están repletas de criaturas de múltiples colores.   Hay pececitos diminutos de color amarillo y largos y delgados peces de color púrpura. Hay serpientes que se hacen pasar por flores…y flores que simulan ser serpientes. En el mar todo se agita y se mueve, aunque… ¡Sssssh! Hay alguien que no para nunca. Un pez relámpago nada arriba y abajo durante todo el día. Se mueve con tanta rapidez que apenas podemos verlo ¡Sólo podemos oírlo! ¡Ssssh! ¡Sssssh! -¡Soy el pez más veloz! ¡Y nadie me puede atrapar en el fondo del mar! –Así canta una y otra vez el rápido pez relámpago. Se encuentra con una estrella de mar y moviendo sus aletas le dice en tono burlón: -¡Hagamos una carrera, cara de gelatina! -¡Preparados, listos, a nadar ! -¿Cómo?- dice la estrella de mar-. Pero el pez relámpago ya se ha ido y no puede oírla. ¡Sssssh! Ahora el pez relámpago se halla frente a cinco rocas, y entre r...

El gato fugitivo- David R. Morgan

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Fugitivo era un hermoso gato blanco y negro que vivía feliz en la gran ciudad, llena de callejuelas tortuosas, bulliciosos supermercados y deliciosos cubos de basura donde buscar la comida. Cuando la familia de Fugitivo, los Pérez, se trasladó al campo, Fugitivo se sintió desgraciado. No le gustaba nada aquel nuevo lugar. Detestaba los árboles, los prados y los riachuelos. Una mañana, Fugitivo se sentía muy aburrido. La señora Pérez había ido a trabajar y su marido había llevado a Tomás y a Pili a la escuela. Fugitivo decidió saltar la valla del jardín para ir al prado que había detrás de la casa. Deseaba vivir una aventura de verdad. No había recorrido mucho camino cuando se encontró un mirlo que hacía malabarismos con su pico y unos guijarros. -¡Hola!- dijo el gato-. Me llamo Fugitivo y voy a vivir una aventura. -¡Hola!- graznó el mirlo-. Yo soy Piquito. ¿Puedo acompañarte? -¡Por supuesto! –contestó Fugitivo, y los dos nuevos amigos se pusieron en marcha. Poco des...