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Atenea y Zeus -Juan Kruz Igerabide

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Atenea nació a la orilla de un lago. Tres ninfas la descubrieron: -Oh! ¡Qué preciosidad! -se dijeron unas a otras. Era una niña prodigiosa, de fuerte mirada. No lloraba por nada. Fue acogida por las tres ninfas y creció bajo sus cuidados. Se desarrolló en pocos días, con una fuerza extraordinaria. Las ninfas no se explicaban de dónde le venía semejante vigor. -Solo de un dios puede provenir tanto poder -se dijeron. Estaban en lo cierto. Atenea era hija de Zeus, el rey de los dioses del Olimpo, el rey del rayo. La niña nació de una manera asombrosa. Ocurrió así: Zeus se había enamorado de una ninfa bellísima. La ninfa, en cambio, tenía miedo de Zeus, porque este era poderosísimo y bastante bruto. Zeus se presentó ante la ninfa, y le dijo de sopetón: -Voy a casarme contigo. -Pues yo contigo no -contestó la ninfa, temblando de miedo. La ninfa echó a correr, y para que Zeus no la atrapara, se convirtió en viento. Pero el dios la descubrió. Entonces, la ninfa se convir...

Los conejitos traviesos –Judy Hindley

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Érase una vez tres conejitos que vivían con su mamá en una acogedora madriguera. Cuando tenían hambre, su mamá los llevaba al prado a comer hierba. También les enseñaba juegos, y uno de sus favoritos era subir a lo alto de la colina y bajar rodando como una pelota. A la hora de ir a dormir, los arropaba en sus pequeños agujeros, donde se sentían protegidos y felices. En el interior de la madriguera, cada conejo tenía su propio espacio para dormir. Eran unos hoyos muy confortables y a los conejos les gustaba acurrucarse en ellos y escuchar las dulces canciones de cina que su mamá les cantaba mientras barría y ordenaba la casa.   Un día la mamá dijo: -¡Vaya! ¡Cada día estáis creciendo más! Pronto ya no cabréis en vuestros hoyos para dormir. Tenemos que excavar en la tierra para hacerlos más grandes. ¡Venid a ayudarme los tres! -¡No, no, no!- gritaron los conejitos-. ¡Ven arriba a jugar con nosotros al sol! -Primero, vamos a trabajar- dijo su mamá-. Si me ayudáis, podr...

Las tres cabras salvajes –Gabriella Goldsack

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Érase una vez, tres cabras salvajes que vivían en unas montañas lejanas. Una de ellas era muy pequeña, la otra era mediana y la tercera era grande y muy fuerte. Un día, cuando la más pequeña de las cabras salvajes buscaba un poco de hierba fresca y jugosa para comer, vio un prado lleno de hierba verde al otro lado del río. -¡Mmm! –exclamó-. Si pudiera cruzar este puente y comer un poco de esta hierba crecería tanto como mis hermanas. Pero las cabras sabían que debajo del puente vivía un horrible enano. Era un enano tan malvado que había hecho desaparecer a todas las cabras que se habían atrevido a cruza el puente. -No lo he visto nunca –se dijo la cabrita, a lo mejor se ha marchado. La hierba parece tan deliciosa. Me acercaré con mucho cuidado y seguro que no pasa nada. Así pues, la valiente cabrita salvaje cruzó el puente con mucho cuidado. ¡CLOC, CLOC, CLOC, CLOC, CLOC, CLOC, CLOC, CLOC, CLOC! Sus pezuñas retumbaban con claridad. Estaba ya a la mitad del puent...

La loba y el mapache – Alison Boyle

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El viento aullaba y gemía. La loba se cubría la cara con su gran cola peluda, protegiendo sus delicados ojos y su hocico del cruel invierno. Su espesa piel albergaba unas calientes y diminutas bolsas de aire que la protegían del frío como si fuese una colcha. Mientras la loba dormía, la espesa nieve caía de las sombrías nubes posándose en las ramas verdes que había encima de ella. Una pequeña criatura hecha un ovillo corría por las ramas de los árboles, rozando las pinchudas hojas. Pasó saltándolas y rozándolas, tropezando ligeramente con sus delicados pies. Era un mapache, con las orejas alerta, que quería divertirse. El mapache vio a la loba y se detuvo. Ladeó la cabeza pensando cómo podía gastarle una broma a aquella infeliz que dormía tan plácidamente. En un abrir y cerrar de ojos dio una voltereta, aterrizó en la rama nevada e hizo que un gran puñado de nieve se desplomara sobre la cabeza de la pobre loba. ¡Plaf! ¡Plof! ¡Eeeh! ¡Eeeh! La loba se levantó de pro...

La gallina Catalina – Gabriella Goldsack

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Era un día muy tranquilo en el campo. En la granja, la gallina Catalina estaba muy ocupada picoteando maíz. -Esto es muy aburrido –cloqueaba la gallina Catalina -. Nunca pasa nada interesante. En aquel preciso momento, ¡plaf!, le cayó una bellota en la cabeza. -¡Madre mia! –coqueó la gallina Catalina -. Están cayendo trozos de cielo. Tengo que contárselo enseguida al rey. Así pues se fue corriendo a contárselo al rey. Apenas había andado unos metros cuando tropezó con su buen amigo al gallo Pelayo. -¿Adónde vas con tanta prisa? –cacareó el gallo Pelayo. -¡El cielo se está cayendo! –exclamó la gallina Catalina-, y voy a contárselo al rey. -Bien, voy contigo –dijo el gallo Pelayo, trotando detrás de la gallina Catalina. No habían recorrido demasiado trecho cuando tropezaron con su amigo el pato Honorato. -¿Adónde vais tan deprisa? –graznó el pato Honorato. -¡El cielo se está cayendo! –exclamó la gallina Catalina -, y vamos a contárselo al rey. -Bien, voy con...

El príncipe rana- Los hermanos Grimm

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Érase una vez, hace muchísimo tiempo, una joven princesa que tenía un montón de juguetes para divertirse.  De entre todos, su preferido era una pelota de oro, que llevaba consigo a todas partes. Un día la princesa fue a dar un paseo por el bosque. Cuando se sintió cansada, se sentó junto a un estanque a descansar y empezó a jugar con la pelota de oro. La lanzaba al aire y después la atrapaba con las manos. Cada vez la tiraba más arriba hasta que una de las veces la lanzó tan alto que no pudo atraparla. ¡Paf! La pelota aterrizó en el agua. La princesa se asomó al estanque, pero era tan profundo que no podía ver el fondo. -¡Oh, no! – se lamentó la princesa-, He perdido mi pelota. Lo daría todo, incluso mis vestidos y mis joyas, por recuperar mi pelota de oro. Mientras se estaba lamentando oyó un ruido. ¡CROAC! ¡CROAC! Una rana asomó su fea cabezota fuera del agua y le dijo: -¿Qué te pasa, querida princesa? ¿Por qué lloras? -¡Aaaayy! –gritó asustada la princesa...

El pingüino Paul quiere volar- Gill Davies

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Los pingüinos son unos nadadores excelentes. Pueden sumergirse hasta grandes profundidades y deslizarse y dar volteretas en el agua. También pueden nadar tan rápidos como cualquier pez, pero ningún pingüino ha aprendido a volar. -¡No es justo!- dice el pingüino Paul, mientras observa las gaviotas revoloteando en el cielo radiante y azul por encima de su cabeza. -Yo también quiero volar como los otros pájaros. -Quiero volar- le dije Paul a su madre cuando se dirige a reunirse con sus amigos en la gran pendiente de hielo. -No seas bobalicón- le dice su madre-. ¡Esto es mucho más divertido! Y los dos se ponen boca abajo para deslizarse por el hielo hasta el mar. -Esto es muy divertido- acepta Paul cuando salen del agua-, pero yo quiero volar. -¿Has podido volar alguna vez?- le pregunta Paul a la vieja Ballena Sabia mientras navega junto a ella. -No del todo- dice la Ballena-. Pero de vez en cuando salto del agua y me parece estar volando. -Voy a intentarlo- dice ...